Hace muchos años, yo trabajaba en un laboratorio farmacéutico.
Era un trabajo rutinario, aburrido y poco satisfactorio. Quería abandonarlo, pero nunca lo hacía por falta de formación, dependencia económica y el miedo a lo desconocido y a la pérdida de seguridad.
Un día la empresa ofreció cursos de formación y me apunté a uno de euskera. Me fue bien, me sentí a gusto, motivada y competente en el aula.
Tenía una niña de 2 años, trabajo, y poca disponibilidad horaria, pero estaba animada y decidí seguir estudiando euskera en formato intensivo en la escuela de idiomas.
Me sentía bien. Muy bien.
Tanto que conseguí titularme con el Ega de un tirón en 4 cursos.
Y aquí empezaron los “¿y si…?”
La experiencia de estudiar y aprender, me había sentado estupenda. Sentía que me podía comer el mundo.
¿Y si… preparase el acceso a la universidad?
¿Y si… estudiase una carrera?
¿Y si…me matriculase en psicología?
¿Y si… hiciese un máster de Práctica Clínica en Salud Mental?
¿Y si…pudiese encontrar trabajo como psicóloga? ¿Te imaginas, Pilar?
Hasta entonces, todos esos “y si…”, me parecían fantasías. Ahora, se estaban convirtiendo en realidad.
